
Hace ya tiempo que no publicaba nada, no podía escribir y creo que aun no puedo, pero me obligué al esfuerzo para salir de la sequía literaria.
Estuve conversando acerca del realismo mágico propio de la percepción infantil, le llamamos a esto realismo mágico, pero creo más bien es la visión real antes de la ceguera que entrega la desilución.
Cuando era a penas una infante de seis años, recorría asombrada los rincones de la casa de mis abuelos paternos, una casa llena de jardines, pileta con pescaditos y gruta de la Virgen de Lourdes. Dentro de la casa unas vitrinas dejaban ver docenas de copas de cristal de colores muy vivos, entre esas vitrinas había una que llamaba especialmente mi atención. La vitrina pequeña cerrada con llave y que dentro contenía al niño Jesús, acostado al interior de una urna de cristal, arropado por terciopelo rojo y vetas color oro, una maravilla!!!. A esto se sumaba la impronta misteriosa inyectada por mi abuela, que temerosa de algún destrozo había prohibido terminantemente que alguien tocase semejante reliquia.
Aquella tarde no pude soportar la tentación, ya saben la curiosidad es una pulsación que pocos pueden manejar, y para mi, que alcanzaba los cinco años era casi imposible. Estaban todos en el comedor, yo, sola en el living frente a esa vitrina que aparecía como el conejo de Alicia en el País de las Maravillas.
Los grandes, conversaban animadamente y reían, sigilosamente di vuelta a la llave que no sé por que extraña razón permanecía riéndose de mi hace unas horas, la puerta se abrió lentamente y mi mano pequeña comenzó a temblar mientras rozaba el ataud ceremonial. Extasiada por la profanación olvidé incluso preocuparme de los pasos y antes que pudiera hacer algo, un golpe furioso en mi mano acabó con el viaje, mi abuela Rosa se transformó en el antagonista de mi propio cuento, a eso le siguió el llanto y la histeria colectiva. Mi joven tía Mónica, encaró la brutalidad de su madre y me cubrió con sus brazos, luego tomó mi mano y realizó un acto inconciente, me mostró uno a uno los objetos de esa vitrina, recalcando que ni uno sólo de ellos guardaba magía ni misterio alguno... Desde ese día, la misma vitrina que me hizo soñar con viajes en dorado y rojo, sólo pasó a ser eso, una vitrina con adornos...
Perséfone